sábado, julio 29, 2006

La Ciudad

Al inicio pensábamos que era sencillo, talvez porque según la teoría es sencillo ejercer un derecho. Estuvimos en la oficina de Reforma Agraria de la ciudad de Santiago en Veraguas varias veces y desde la primera nos dimos cuenta de que "sencillo" depende de varias cosas, entre ellas el nivel propio de paciencia, si el funcionario que te atiende ha resuelto todos sus problemas privados, la hora del día, la época del año (si es antes de carnavales o semana santa está uno frito), la propia actitud ante la burocracia o conocer a la gente adecuada - no necesariamente en la Administración Pública, aclaro -.

Titular una tierra en éste país puede ser en ocasiones una prueba de resistencia. Algo así quiso decir la señora que se encontraba explicando al nuevo funcionario cómo sus papeles se habían perdido ya en dos ocasiones. Una vez le solicitaron sentarse y esperar a ver si encontraban su expediente traspapelado en alguna otra gaveta, procedieron a llamar al otro señor que esperaba pacientemente sentado frente a ellos y sin calzado alguno. "Venga señor y firme aquí - le escribieron una X sobre la pequeña línea al final del documento - y hágalo igualito que en su cédula". El señor tomó su cédula de identidad y la miró detenidamente. Cuántos años desde esa ocasión en que se presentó al Registro Público a sacar la cédula, seguramente gestionada por un líder político que buscaba su voto. De lo contrario tal vez habría podido vivir muchos años sin pensar en ese documento, tal vez su firma fuese más reciente...

¿Por qué titulaba? Había trabajado tantos años esa tierra. De ella se alimentó su familia y allí pasó toda su vida. Una de dos: quería venderla y el comprador exigía la tierra titulada, o se corrió la voz de que se estaban titulando tierras desde la ciudad. De la primera ya hemos hablado.

La segunda nos indicaba que el proceso de desarrollo de nuestros pueblos está pasando por alto algunas cosas importantes como el trabajo social personal. En la propuesta que se hace con la globalización, es el individuo el que tiene que garantizar sus derechos y esto se hace recurriendo a los engranajes gubernamentales centralizados.

Nos vimos ahí, aunque con zapatos, pero sumergidos en los mismos problemas que los otros ciudadanos que habían venido a ejercer sus derechos. Teníamos el mismo temor de que nuestros papeles se perdiéran, de no lograr firmar igual que en la cédula, de que nuestro expediente no volviera a ser abierto, de que se nos insinuara "ayudar a un funcionario", de encontrar las puertas cerradas, de agotarnos ante la burocrácia.

Allá en la tierra no se exigen papeles, sólo cuidar de ella como el mayor tesoro, como el único tesoro; pero en estos tiempos, para protegerla es necesario venir a la ciudad.

viernes, julio 21, 2006

Mira hijo.


Así es la cosa. Uno a sus hijos les enseña a mirar lo que uno mira, y también a mirarlo como uno lo ve. Pero ellos, con esa base, aplican también otros criterios que van recogiendo en la vida.

Uno los protege. Los lleva en brazos por lugares peligrosos, los carga lo más que puede para que lleguen sanos y salvos al ejercicio de su libertad. Pero una vez se bajan de nuestro regazo, tienen su plan, así como nosotros hicimos el nuestro a pesar de las expectativas de nuestros padres.

En el campo se pone la esperanza en los hijos, esa de que ellos cuidarán de nuestras tierras y que les servirán a ellos y a sus hijos. Pero a veces se van y cogen sus propios caminos, diseñados por ellos (en el mejor de los casos). La tierra es la única que se queda.

jueves, julio 20, 2006

Vende tu tierra, comerás tierra.

Así reza el dicho, decía el amigo colombiano cuando le contábamos anoche en casa de Elizabeth la tragedia de la especulación de las tierras en la región del sur de Veraguas. Venden - por necesidad - su tesoro más preciado, ese que es renovable verdaderamente: la tierra.

lunes, julio 17, 2006

No es el mismo color

Siendo las 07:30 de esta mañana Tony me muestra las fotos del último ascenso. Higuerenoso arriba los verdes son intensos. Yo trato de contar cuántos verdes hay en la foto y él me dice "hay más que eso". Me pareció un comentario arrogante, pero tal vez sus ojos verdes exijan más detenimiento a la hora de diferenciar. Seguimos.

Ahora estamos viendo la madera y se muestra ofuscado. Ese no es el color del piso. Bueno - le digo - no se ve mal. Claro, para mi que recién me incorporo al mundo, la madera puede ser del color que le de la gana. Yo barnicé estas tablas para lograr un contraste con los muebles y taquitiquitaquitiquitá, para que estas fotos ahora me lo pongan como si le hubiera lanzado un chorro de rojo. No es rojo, está levemente barnizado.

Ni la mariposa, ni las flores, ni los tucanes salen con los colores que él vió durante estos días. "El agua de la entrada de las cuevas tampoco tiene el verde esmeralda que vimos al medio día del sábado".

Se voltea y me repite que si no es con los ojos, con el olfato y el paladar humano, estas cosas no tienen el mismo color. Es lo que nos llama, la inmensidad y la belleza que no se puede sólo mirar en una foto.

domingo, julio 16, 2006

Andrés está molesto.

Es un niño de casi dos años. Nunca hemos hablado de lo que es extrañar a alguien, pero ya lo sabe. Algo le falta. A las 06:10 lo primero que hace es preguntar por su padre. Se queda mirándome y luego repite "Papá en Quebro". Se lo he dicho ayer y antier, pero me dice "no". Yo también lo extraño, pero ya vas a ver cuando llegue, todo entusiasmado y con lodo hasta la barba. Y así, todo felíz, como salmón contracorriente, Tony, Señor Tony, tu papá, papito, Papá... seguro que te abraza y tus mañanas vuelven a ser como antes.

Andrés comienza a jugar con todo lo que ve a su alrededor. Busca cosas nuevas a cada momento. En una tablilla que está a su alcance hay un carné de identificación. Lo mira y luego me mira, se acerca y me muestra: "Papá". Parece que supiera que aunque no esté, existe y en cualquier momento alguien dirá con una voz conocida "Arghhh, aquí viene el monstruoooo..." y Andrés tiene preparada su risa emocionada para ese momento. Deja el carné en el piso y va por una pelotita de fútbol. Trata de jugar conmigo y se da cuenta que no es lo mismo. Decide abrazarme, aprovechando que estoy en el piso, a su nivel. Una hormiga nos distrae. Hay que seguirla para ver a dónde va. Luego una planta, una flor, los pajaritos, el avión... ahhhhh (bostezo).

A todos nos cuesta desprendernos. Nos apegamos a nuestras seguridades y cuando nos damos cuenta que no siempre están ahí, de alguna manera estamos molestos, como Andrés. Aprender a desprendernos... es parte del secreto.

sábado, julio 15, 2006

Extraños salmones

!Qué raros los salmones! Nadan contra la corriente y punto. Allá van a colocar sus huevos, es la culminación de sus vidas y así se completa la historia de un salmón. El que no lo hace está destinado a morir sin haber completado su destino, atenta contra su naturaleza y qué se yo, a lo mejor se deprime y muere hecho una mierda.

Helo ahí, acusado de ir contra lo establecido: la corriente. Un pez de extraño proceder. Creo que lo entiendo un poco. No es fácil buscar el destino de uno cuando te han inculcado que lo correcto es tener un trabajo estable y una hipoteca al día. Tener el proyecto de tu vida a siete horas de la ciudad capital, en medio de montañas y ríos, es cosa de salmones. ¿Quién te descontará el Seguro Social? Dejar tu apartamento por tres o cuatro días para irte a un sitio sin televisión, sin energía eléctrica y sin malls es definitivamente contra la corriente.


Todo el mundo pregunta por Tony. Hay un silencio casi imperceptible en el que se aglutinan todos los miedos y presagios para una pareja que se separa constantemente dizque para hacerce de un futuro. Luego los pésames, como si se tratara de una viudez dosificada. Los que cuelgan el teléfono probablemente podrán enriquecer sus teorías con otros comentarios, los que nos miran a la cara van con la procesión por dentro porque ya lo han dicho de todas las formas posibles

¿Y si morimos en la corriente? Morimos felices y habremos aleteado hasta el último segundo, repito, hasta el último segundo.

jueves, julio 13, 2006

Respirando despacito

Llevamos más de dos años respirando muy despacio para que no se nos acabe el aire. Somos dos, cada uno con sus fantasmas crónicos, con sus vicios molestos, con el ojo puesto en un pedazo del cielo, con su madre abnegada y con sus secretos. El tiene su historia y yo la mía, pero me va a tocar contar la nuestra aquí por si en el camino se nos acaba el oxigeno.

Tony es un soñador y yo una dormilona. Llevamos cinco años juntos y no quisimos conformarnos con esperar la jubilación y arrastrar nuestros pies por alguna playa contaminada de esas que nos ofrece la ciudad de Panamá.

Lo que sigue es el relato de la osadía de soñar que podíamos ser exactamente eso para lo que nacimos. Todo comenzó una tarde en la que él volvió del trabajo diciéndome que quería comprar un terreno en las montañas de Veraguas. De ahí en adelante se agolparon las deudas, las malas caras, los obstáculos y una que otra pelea, pero también nos invadió la certeza de que hay algo ahí para nosotros y para los nuestros, un secreto que se esconde en un lugar llamado Quebro.