
Así es la cosa. Uno a sus hijos les enseña a mirar lo que uno mira, y también a mirarlo como uno lo ve. Pero ellos, con esa base, aplican también otros criterios que van recogiendo en la vida.
Uno los protege. Los lleva en brazos por lugares peligrosos, los carga lo más que puede para que lleguen sanos y salvos al ejercicio de su libertad. Pero una vez se bajan de nuestro regazo, tienen su plan, así como nosotros hicimos el nuestro a pesar de las expectativas de nuestros padres.
En el campo se pone la esperanza en los hijos, esa de que ellos cuidarán de nuestras tierras y que les servirán a ellos y a sus hijos. Pero a veces se van y cogen sus propios caminos, diseñados por ellos (en el mejor de los casos). La tierra es la única que se queda.
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