Nunca escuchó Tony tantos llantos juntos. Los había bajitos, estruendosos, en coros, a dúo, cortos, extendidos, en solo, de cuarteto, con espasmos, sin audio, en clave de sol, los sollozos, de soprano, varítonos, en secuencia, aletargados, prepotentes, maniáticos y hasta serenos.
Era el entierro, no sólo de una mujer querida, sino de la madre de un hombre muy apreciado. Por primera vez llegaba al pueblo y encontraba todas las casas cerradas hasta el techo. No había quien diera razón del vecino. Y así fue llegando hasta el pequeño cementerio que desconocía. ¿Puede acaso ser el único deseo importante de una mujer, el que la entierren junto a su marido?
Y sin que nadie se diera cuenta, el "reservado" había sido utilizado por un cuerpo que ya hasta sus propias malezas había procreado. Junto al marido amado, un desconocido que quién sabe si le daría buena conversación. Pero el deseo de un muerto se respeta, así que ahí te va: ahora en el cementerio de Quebro hay un pasillo menos.
Cuando vayas, no dejes de visitar el cementerio para que entiendas de sentimientos.